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El racismo, pan de cada día

¿Te han ‘choleado’ alguna vez? ¿Te han disminuido por tu color de piel? ¿Se burlaron de tu apellido por ser Mamani o Yaupa? A mí hasta el momento no, pero, sé que llegará el momento que alguien, inspirado por aquel imaginario, diga algún improperio en contra de mis rasgos mixtos y que yo, como cualquier víctima de racismo, no sabría qué decir o cómo actuar ante impensada situación. Es sábado por la noche, en mi vecindario se siente la presencia de varias personas pululando por las cortas y estrechas avenidas colindantes. Al ser una alameda pequeña todos podemos darnos cuenta si el vecino está o no y qué está haciendo. En mi casa, como casi nunca, está toda la familia que luego de una atareada semana de sinfines de obligaciones, por fin pueden estar juntos. Mi madre, fiel televidente de los programas nacionales y algunas telenovelas mexicanas, prendió la televisión en busca de algo con lo cual amenizar aquel ecosistema no tan común. Escogió el canal 2. Latina, la televisora de las mujeres, el canal del fútbol, la señal contra la corrupción, el espacio contra la delincuencia; pero nunca usó un sloganrelacionado al racismo. Si con lo poco no se puede, con lo mucho menos, y peor, ya que no se puede ser juez y parte.

Latina, la televisora de las mujeres, el canal del fútbol, la señal contra la corrupción, el espacio contra la delincuencia; pero nunca usó un slogan relacionado al racismo.

Eran las ocho de la noche, claro aviso que el prime time empezaba, aquel momento feliz propio de los canales por cable donde ponen su mejor programa en búsqueda de rating. Mientras que otros canales usan personajes de siempre para amenizar las horas nocturnas de sus señales en vivo; Latina lanza un programa de humor, el mismo que estaba empezando frente a mis ojos. Con los gráficos reciclados de bajo costo y una versión electro de la ya no tan popular canción Danza Kudurode intro, el programa empezaba con la intención de lograr arrebatarle algunos puntitos a los canales vecinos. El Negro Mama estaba en la pantalla junto a otro personaje querido al que le dicen ‘Yuca’, pero no entraré en más detalles sobre éste. Jorge Benavides, grotesco, con la cara pintada de marrón oscuro, prótesis y peluca negra color azabache enrulada aparece en las ocupando cada una de las pulgadas del televisor de sala con aquella forma de hablar extraña y repitiendo la palabra “Mama”. No pasa mucho hasta que el segmento que anunciaba un viaje a Rusia con estadía pagada acaba y le daba paso a quién se podría considerar la estrella real del programa cómico del sábado por la noche: la infame Paisana Jacinta.

Un polerón celeste, una manta usada comúnmente para llevar niños cargados, peluca con trenzas, base marrón, esta de vez clara, una prótesis nasal que ensancha la nariz original de Benavides, la falda morada con ribetes rojos y el rubor de su cara. La Paisana estaba lavando ropa mientras recibía a otros dos personajes, tan infames como ella. Mientras lo hacía recitaba a viva voz y con arengas de fondo, con un ya bien practicado dejo andino: “la flor de inga, la flor de inga… ¡Este cholito qué rico brinca!”. En mi mente no reparé ni dos segundos en pensar que ambos, Mama y Jacinta, harían una buena dupla para un sketch, ambos siendo grandes referentes del racismo en su máxima y mejor expresión televisiva con las personificaciones tan surrealistas que hacen. Voltee a observar a mi madre, mi hermano y a mi padre; todos se reían de lo que, la ocurrente Paisana, decía. Le pregunté rápidamente, en el calor de las risas, a mi madre sobre porqué nos daba tanta risa aquel personaje. Me respondió: “Si ellas hablaran bien (refiriéndose a las mujeres andinas) nadie se burlaría. Supongo que es algo relacionado con la cultura”. ¿Pero, cómo explicarle a alguien mayor que la cultura no tiene nada que ver y, peor aún, que lo que hace Benavides es una burda, imprecisa y racista imitación? Me vienen a la mente las palabras que dijo el pseudo-artista de la comedia al diario La República: “La gente ya conoce al Negro Mama, tiene un nombre establecido. No se puede decir que estamos discriminando, es un personaje simpático, un ídolo”. Un ídolo, una estrella; lo que Benavides no sabe es que un ídolo es admirado, y de la admiración pasamos a la influencia y de ahí vamos por el pequeño camino de la imitación.

Pasaron los días, me quedé con la imagen en la retina de ese momento de despertar que seguramente pocas personas logran tener al darse cuenta de lo mal que anda algo. 
Tenía que hacer una entrevista y no dudé mucho hasta que decidí que debía hacerla sobre este tema, sobre el racismo en los medios y cómo estaban influenciando en la sociedad. Me recibieron en el Ministerio de Cultura, a través de la división de ‘Alerta contra el Racismo’, un pequeño aparato legal que funciona en el mismo MINCUL. Único canal oficial que recibe reportes pero que sólo se limita a ello, un apartado real que contabiliza casos y que los convierte en estadísticas sabiendo que se deben resolver pero que no va más allá. Una especialista, abogada de profesión, graduada en la Universidad de Lima, fue la que me recibió y, de lleno, me dijo algo que me dejó boquiabierto en aquella sala acogedora del Ministerio: “No se puede hacer nada desde el Estado, los ciudadanos tienen el control remoto, nosotros no”, de esta manera el único referente protector anti-racismo se separaba del caso.Sin embargo, me parece extraño pero inspirador que durante aquella entrevista y luego de preguntarle por sugerencias sobre qué deberían hacer las personas en casos de discriminación me dijera que espera la indignación y reclamo del pueblo sobre el estado. La entrevista fue larga y cautivante, no obstante, me quedé con un sin sabor.

Un ídolo, una estrella; lo que Benavides no sabe es que un ídolo es admirado, y de la admiración pasamos a la influencia y de ahí vamos por el pequeño camino de la imitación.

Me hice varias preguntas mientras salía por el pequeño control de seguridad del Ministerio. ¿Qué podemos esperar del estado que intenta velar por los derechos de todos, detrás de un escritorio, y que inclusive espera más del pueblo cuando el pueblo espera más del estado? ¿Podríamos esperar algo de los medios de televisión? Con sinceridad, me siento capaz de responder la última pregunta y es un no, no podemos esperar nada de los medios ya que ellos sólo buscan rating y aunque los derechos de las personas se vean inmiscuidos, los medios harán lo posible por perpetuarse en las vías por donde van. Sólo me queda recomendarte, estimado lector, lo mismo que la abogada del MINCUL me recomendó a mí: Indignémonos todos juntos y reclamemos al estado el trato justo para todos los peruanos.

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La perspectiva cambia

Inspirado en Víctor, un joven mexicano en silla de ruedas que vino de vacaciones a la ciudad de Nueva York. Sufrió un accidente a los 13 años y desde entonces se tiene que movilizar en silla de ruedas.

La vieja ciudad de Nueva York es una ciudad de diversas historias donde cada una es diferente. Desde el afroamericano que grita ‘Make it rain’ en la quinta avenida al gringo que se desnuda en Times Square. Pero, siempre habrán historias más pequeñas dignas de ser contadas. A algunos les remueve el corazón y a otros les hace pensar en lo afortunados que pueden ser.

Victor es su nombre.

Era un soleado viernes en la populosa Ciudad de México. Las personas iban a toda prisa a la piscina más cercana, ya sea para disfrutar un día en familia o para refrescar las carnes sudorosas por acción del calor. En un viejo escarabajo iba Víctor y su familia, todos listos y preparados para tener un día familiar que habían preparado con mucha emoción. Él era el más expectante, había esperado ese día con todas sus fuerzas y hasta había procurado sacar buenas notas en el Inglés para no decepcionar a sus padres. Era un domingo y Víctor lo recuerda con una casi mortal precisión. Él puede recordar que el carro de en frente era rojo, que el de la derecha era plateado y el cumplido que su padre le había dado a su madre antes de acelerar para alcanzar al Corolla de en frente. Sin embargo, él no recuerda lo que sucedió inmediatamente después.

Quizá como una manera de protegerse, quizá como una forma de evitar el dolor, Víctor ha bloqueado todo recuerdo exacto después del ‘Estás hermosa, amor’ de su padre. Sabe que las sirenas sonaban muy fuerte, que su cuerpecito de 13 años estaba adolorido y que en determinado momento el dolor era insoportable.

Los días pasaron y sus sueños eran por demás increíbles, soñaba que era un súper héroe para pasar a ser el villano y luego ser el salvador dentro de una película hollywoodense. Y así pasó casi dos años de su corta vida hasta que llegó el momento de afrontar la dura realidad. Sus enrojecidos ojos pardos se abrían con lentitud pero con firmeza, poco a poco se descubrió: en algo había crecido, sentía su cabello castaño más largo, sus brazos ahora eran un poco más grandes de lo que recordaba y se sentía extrañamente inmóvil. El diagnóstico llegó más rápido y más antes de que él mismo pudiera descubrirlo por si mismo: nunca más podría mover sus piernas. En el accidente, el impacto ocasionó una fractura irreparable en la médula espinal, la única vía por la que la mitad de su cuerpo se conecta con el cerebro. Víctor nunca más movería sus dos piernas con independencia y estas se quedarían en aquel tamaño con el que alguna vez jugaron fútbol con sus amigos o con lo que bailaba en las actuaciones del colegio. Sin duda, como el chico inteligente que era, entendió el reto sumido en el dolor de lo que significaba.

Cómo cualquier otra persona que ve obstáculos en su camino, Víctor sabía que no podría tener una vida normal. Que su día a día sería aferrado en una silla fría de ruedas y que tendría que desarrollar cierta dureza en sus brazos para lograr movilizarse sólo, que sus padres no estarán toda la vida para él, que tarde o temprano tendrá que aprender a desarrollarse sólo y a comprender que la vida le dio una chance de vivir en esa condición; condición que quizá cuando jugaba pelota con sus amigos nunca la habría imaginado cerca. ¿Quién se podría imaginar una situación así en su vida? 

Muchos años después, sufrimientos y dolor de por medio, además de una dureza y un temperamento duro para afrontar sus nuevos miedos, se encuentra en la antigua ciudad de Nueva York. Su familia lo acompaña en un corto viaje que pudo solventar con sus ganancias del trabajo, sin embargo él mismo reconoce que la época no era la más adecuada para llegar a la ciudad que nunca duerme. Con climas tan fuertes, no hay fuerzas suficientes para movilizar una silla de ruedas o el camino más ejemplar para lograr que las llantas se movilicen con firmeza. Sus expectativas se fueron rompiendo a lo largo del viaje, pero tal y como sus expectativas de vida se rompieron a corta edad, ya no le afecta en lo más mínimo. Es una persona que ha logrado superarse de alguna manera o de otra, una persona que ha buscado la manera de sobreponerse a las dificultades que los impetuosos y caprichosos juegos del destino le han dispuesto. 

Quizá en un país del primer mundo, en una ciudad tan grande como lo es Nueva York, es fácil que un discapacitado tenga una vida digna. No obstante, no puedo evitar pensar en lo complicada que debe ser su vida en la Ciudad de México. Un lugar sin las facilidades ni el desarrollo, quizá muy en el fondo ha logrado contemplar algo de sus expectativas en las facilidades y el respeto de una ciudad primermundista que le presta muy poca atención, pero que al prestarle muy poca atención le brinda absolutamente todo su apoyo dentro de sus dificultades. Donde, a veces, cuando te prestan mayor atención es cuando finalmente te rechazan mucho más y desean que simplemente no estés y que tu perspectiva no exista.

Es imposible para mí no ponerme en su lugar, no ponerme en la incomodidad de su silla de ruedas y en la dureza de sus cortas piernas. Es imposible para mí no ver la inmensa cantidad de esfuerzo que pone para movilizarse y lucir de la mejor manera posible ante las adversidades de la vida. Que desde una perspectiva más acomodada es imposible contemplar la dureza de otras vivencias que pueden ser muy pesadas y hasta imposibles, finalmente. Pero definitivamente esta cambia, sólo si lo queremos o si lo sentimos. Víctor no espera compasión, pero sí espera entendimiento. Yo en el fondo de mi ser espero que en algún momento nuestros países avancen hasta el punto que las personas que sufran de estos males puedan llevar vida calmas y tranquilas, donde las adversidades de sus destinos no sean llaves equívocas de su futuro y donde, quizá, las perspectivas no tengan que ser verdaderamente distintas. Un mundo donde finalmente no nos tengamos que preocupar, porque él puede estar tranquilo. Quizá, con suerte.