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La perspectiva cambia

Inspirado en Víctor, un joven mexicano en silla de ruedas que vino de vacaciones a la ciudad de Nueva York. Sufrió un accidente a los 13 años y desde entonces se tiene que movilizar en silla de ruedas.

La vieja ciudad de Nueva York es una ciudad de diversas historias donde cada una es diferente. Desde el afroamericano que grita ‘Make it rain’ en la quinta avenida al gringo que se desnuda en Times Square. Pero, siempre habrán historias más pequeñas dignas de ser contadas. A algunos les remueve el corazón y a otros les hace pensar en lo afortunados que pueden ser.

Victor es su nombre.

Era un soleado viernes en la populosa Ciudad de México. Las personas iban a toda prisa a la piscina más cercana, ya sea para disfrutar un día en familia o para refrescar las carnes sudorosas por acción del calor. En un viejo escarabajo iba Víctor y su familia, todos listos y preparados para tener un día familiar que habían preparado con mucha emoción. Él era el más expectante, había esperado ese día con todas sus fuerzas y hasta había procurado sacar buenas notas en el Inglés para no decepcionar a sus padres. Era un domingo y Víctor lo recuerda con una casi mortal precisión. Él puede recordar que el carro de en frente era rojo, que el de la derecha era plateado y el cumplido que su padre le había dado a su madre antes de acelerar para alcanzar al Corolla de en frente. Sin embargo, él no recuerda lo que sucedió inmediatamente después.

Quizá como una manera de protegerse, quizá como una forma de evitar el dolor, Víctor ha bloqueado todo recuerdo exacto después del ‘Estás hermosa, amor’ de su padre. Sabe que las sirenas sonaban muy fuerte, que su cuerpecito de 13 años estaba adolorido y que en determinado momento el dolor era insoportable.

Los días pasaron y sus sueños eran por demás increíbles, soñaba que era un súper héroe para pasar a ser el villano y luego ser el salvador dentro de una película hollywoodense. Y así pasó casi dos años de su corta vida hasta que llegó el momento de afrontar la dura realidad. Sus enrojecidos ojos pardos se abrían con lentitud pero con firmeza, poco a poco se descubrió: en algo había crecido, sentía su cabello castaño más largo, sus brazos ahora eran un poco más grandes de lo que recordaba y se sentía extrañamente inmóvil. El diagnóstico llegó más rápido y más antes de que él mismo pudiera descubrirlo por si mismo: nunca más podría mover sus piernas. En el accidente, el impacto ocasionó una fractura irreparable en la médula espinal, la única vía por la que la mitad de su cuerpo se conecta con el cerebro. Víctor nunca más movería sus dos piernas con independencia y estas se quedarían en aquel tamaño con el que alguna vez jugaron fútbol con sus amigos o con lo que bailaba en las actuaciones del colegio. Sin duda, como el chico inteligente que era, entendió el reto sumido en el dolor de lo que significaba.

Cómo cualquier otra persona que ve obstáculos en su camino, Víctor sabía que no podría tener una vida normal. Que su día a día sería aferrado en una silla fría de ruedas y que tendría que desarrollar cierta dureza en sus brazos para lograr movilizarse sólo, que sus padres no estarán toda la vida para él, que tarde o temprano tendrá que aprender a desarrollarse sólo y a comprender que la vida le dio una chance de vivir en esa condición; condición que quizá cuando jugaba pelota con sus amigos nunca la habría imaginado cerca. ¿Quién se podría imaginar una situación así en su vida? 

Muchos años después, sufrimientos y dolor de por medio, además de una dureza y un temperamento duro para afrontar sus nuevos miedos, se encuentra en la antigua ciudad de Nueva York. Su familia lo acompaña en un corto viaje que pudo solventar con sus ganancias del trabajo, sin embargo él mismo reconoce que la época no era la más adecuada para llegar a la ciudad que nunca duerme. Con climas tan fuertes, no hay fuerzas suficientes para movilizar una silla de ruedas o el camino más ejemplar para lograr que las llantas se movilicen con firmeza. Sus expectativas se fueron rompiendo a lo largo del viaje, pero tal y como sus expectativas de vida se rompieron a corta edad, ya no le afecta en lo más mínimo. Es una persona que ha logrado superarse de alguna manera o de otra, una persona que ha buscado la manera de sobreponerse a las dificultades que los impetuosos y caprichosos juegos del destino le han dispuesto. 

Quizá en un país del primer mundo, en una ciudad tan grande como lo es Nueva York, es fácil que un discapacitado tenga una vida digna. No obstante, no puedo evitar pensar en lo complicada que debe ser su vida en la Ciudad de México. Un lugar sin las facilidades ni el desarrollo, quizá muy en el fondo ha logrado contemplar algo de sus expectativas en las facilidades y el respeto de una ciudad primermundista que le presta muy poca atención, pero que al prestarle muy poca atención le brinda absolutamente todo su apoyo dentro de sus dificultades. Donde, a veces, cuando te prestan mayor atención es cuando finalmente te rechazan mucho más y desean que simplemente no estés y que tu perspectiva no exista.

Es imposible para mí no ponerme en su lugar, no ponerme en la incomodidad de su silla de ruedas y en la dureza de sus cortas piernas. Es imposible para mí no ver la inmensa cantidad de esfuerzo que pone para movilizarse y lucir de la mejor manera posible ante las adversidades de la vida. Que desde una perspectiva más acomodada es imposible contemplar la dureza de otras vivencias que pueden ser muy pesadas y hasta imposibles, finalmente. Pero definitivamente esta cambia, sólo si lo queremos o si lo sentimos. Víctor no espera compasión, pero sí espera entendimiento. Yo en el fondo de mi ser espero que en algún momento nuestros países avancen hasta el punto que las personas que sufran de estos males puedan llevar vida calmas y tranquilas, donde las adversidades de sus destinos no sean llaves equívocas de su futuro y donde, quizá, las perspectivas no tengan que ser verdaderamente distintas. Un mundo donde finalmente no nos tengamos que preocupar, porque él puede estar tranquilo. Quizá, con suerte.

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